Las exigencias y la responsabilidad en el cuidado del medio ambiente sitúan el ahorro del agua como una de las principales prioridades en el sur de Europa. En este contexto, el césped artificial supone un importante reductor del consumo de agua, bien cada vez más preciado y escaso. Parece contradictorio que un producto artificial tenga un componente ecológico. Sin embargo, los beneficios que aporta su utilización así lo demuestran. Además de restringir de forma drástica el riego, evita la aplicación de productos químicos de tratamiento (plaguicidas, fertilizantes, herbicidas o funguicidas) y no genera residuos durante su vida útil, que puede llegar a superar los 15 años. Y en jardinería y paisajismo, al no requerir apenas de mantenimiento ni máquinas cortacésped, la emisión de gases a la atmósfera es de cero.
De forma equívoca, en ocasiones se afirma que el césped artificial es un residuo altamente contaminante y cuya eliminación es muy problemática. La realidad es bien distinta. Actualmente las fibras de calidad son reciclables en un 100% gracias a las innovaciones e investigaciones desarrolladas. Además, es un producto inocuo. Todos los estudios y pruebas de laboratorios realizados demuestran que es inofensivo para la salud humana y las últimas generaciones de césped artificial han dejado de provocar quemaduras cutáneas.
En cuanto a la temperatura, el césped artificial registra niveles más elevados si lo comparamos con el césped natural, pero en jardinería la no utilización de caucho reciclado ha conseguido igualarlos a los de otros pavimentos duros. Pero como ocurre en todos los sectores, en el mercado existen productos sin la calidad suficiente que no reúnen las características técnicas que garanticen los principios expuestos. Por ello, siempre es recomendable la utilización de producto homologado, controlado y con garantías por escrito.

